Balada de Otto Lilienthal
Hombre pájaro blande sus alas;
recae tácito de una colina,
sus modales berlineses,
su bigote.
Cuervo en daguerrotipo,
antes solía desmenuzar las bicicletas.
Ahora
sacude su levita viento abajo,
se impulsa decidido,
se finge sastre de las aves.
Sabemos que nació con un nido en el cerebro.
Su cabeza incuba pensamientos por la noche
que al amanecer estallan en esquirlas neuronales.
Por eso, sus instintos lo llevan al cielo
del
Reino
de
Prusia.
Antes de lograrlo,
se envolvió noches enteras en papel de China.
En sueños esforzó remos de bambú,
salvó mares de nubes en picada.
Ideas empolladas lo habían condenado
a la fama del orate.
Corriendo de avestruz dormida,
soñaba con el magnífico aparato
que lo elevó de niño,
pájaro hombre rememorando las cometas.
Ahora sus alas comienzan a darle algo de prestigio,
de reojo lo miran las muchachas,
le permiten refugiarse bajo sus quitasoles.
Yo lo recuerdo con claridad en una película de Chaplin,
loma abajo,
justo antes de que el viento lo sostenga.
Dédalo,
Ícaro.
Pájaro de linaje en pluma
no tardará en desbarrancarse.
Ya mañana serán de notar
las legiones nuevas de aeronautas
vistiendo corsés de ángeles.
Afanarán sus mecanismos,
dirigirán el timón hacia las nubes.
Saltarán
de los puentes,
de las columnas,
de las cornisas,
de las plataformas espaciales.
Una gravedad fabulosa
los arroja al cielo.
Abraham Truxillo