Nana del queratocono
Cuando era niño, vivía un conejo en la luna.
Creo que estaba de cabeza, pero no sé bien.
Las estrellas eran papelitos blancos
pegados con saliva sobre el fondo negro.
Ahora ya no hay nada,
sólo desiertos y cráteres plateados,
dunas de arena helada,
y mi ojo se llena de un aire extraño
que lo hincha desde adentro,
lo alarga hacia la luz como un suicida.
O quizá sea la córnea disforme
el espacio de los socavones lunares
y la acechante claridad.
Abraham Truxillo