Réquiem del ahogado
Qué triste nos miraba la boca del ahogado
por los labios oscuros que encandiló el río.
Quienes lo vieron aún vivo afirman
que el zumbido en sus pupilas era ensordecedor.
La corriente acalló sus sienes
a borbotones;
el lodo pobló las entrañas,
el agua anegó los huesos.
Estuvo tendido un rato,
escurriéndose como una pila de juncos.
Ahora,
de las yemas de sus dedos
sólo quedan diez guijarros.
De sus axilas
sólo restan dos panales.
Abraham Truxillo